Tuesday, May 13, 2008

La hora secreta

Lo eterno en lo fugaz
Si hay hoy un poeta que nunca haya dado una nota falsa, ése es Juan Lamillar, y quién sabe si esa cualidad la debe a su afición a la música. Ignoro si tiene formación musical, si ha cursado estudios musicales, pero me constan su afición, su erudición y su buen gusto. Cualquiera de sus libros de versos, y el último hasta la fecha, La hora secreta, muy en particular, da la impresión de haber sido escrito por alguien que domina al dedillo el contrapunto y la armonía. No se trata ni mucho menos de una musicalidad externa y verbal, sino de un rigor constructivo al servicio de una severa meditación sobre el tiempo y la muerte. La muerte está vista menos como tránsito y como fin que como contrapunto de la vida. El memento mori del poeta lo lleva a poner en las cosas bellas de que se rodea la permanencia de fugaces momentos de belleza. Un buen ejemplo es el poema Los membrillos, donde dice: No habrá nostalgia de la luz huida: / prisionero su eco permanece/ en el centro redondo de la fruta. Y es que también en la pintura, en el dibujo busca el poeta con el mismo rigor la musicalidad de lo permanente. Este poema es un bodegón en el que toda la luz de noviembre se concentra en unas frutas que dan color, serenidad y aroma, y que hace pensar en los membrillos o manzanas que Schiller guardaba en un cajón de su escritorio.
Escritos en Galicia algunos de estos versos, no puede faltar en ellos la lluvia, una lluvia que fertiliza el tiempo, que resucita las mañanas de la niñez, que es el llanto de los locos, que escribe entre las tumbas los nombres de los náufragos.
Hay entre todos un poema que me es especialmente próximo y es el que dedica a una visita a la tumba de Paulina Crusat, sobre la que deposita una rosa. Esta meditación entre los mármoles me trae además a la memoria otra meditación suya entre las cruces del pequeño cementerio de soldados alemanes en Yuste, que visité después de leer los versos de Lamillar. En Yuste el poeta se detenía ante nombres desconocidos y vidas truncadas; en Sevilla busca un nombre entre los mármoles, el de alguien cuya larga vida fue puesta duramente a prueba sin que nunca perdiera la fe ni la esperanza. Y sobre la permanencia de la muerte y la dureza del mármol pone el poeta la gloria efímera de unos pétalos de rosa. Creo que era Goethe el que decía que hacer poesía es captar lo eterno en lo fugaz.

2 comments:

Antonio Rivero Taravillo said...

He leído hace poco el libro de Juan, y como siempre tu juicio es certero y justo. Buscaba yo palabras para expresar lo que me ha parecido La hora secreta, y tú me las has quitado, poniéndolas en limpio.

Rafael G. Organvídez said...

Juan es uno de los mejores poetas de su generación. Aún no he leído este último libro, pero "El final de la magia" me gustó muchísimo.