Sunday, December 27, 2009

Monday, December 21, 2009

Saturday, December 19, 2009

Las vidas múltiples de Ignacio Sánchez Mejías



Hace unos años, el literato lisboeta Joaquim Montezuma de Carvalho estaba interesado en conocer la hora exacta en que Ignacio Sánchez Mejías recibió su cornada mortal en Manzanares, ya que las cinco de la tarde del Llanto no le parecía con razón una hora muy exacta. Hablé por teléfono con Pepín Bello, quien poco me pudo aclarar pues me dijo que él estaba nada menos que en Rota la tarde de la corrida, pero tuve ocasión de saludar en un bar de Llanes a Alfredo Corrochano, único superviviente de los participantes en aquel trágico festejo. Corrochano no recordaba bien la hora en que éste dio comienzo, pero sí que quien rompió plaza fue el rejoneador Simão Da Veiga que, por tener que viajar para atender otro compromiso, alteró el orden de la lidia rejoneando sucesivamente los dos toros que le correspondían. Si la corrida empezó a las cinco, el toro de Ayala que corneó a Ignacio y que salió en tercer lugar, no pudo hacerlo antes de las cinco y media, de suerte que la cogida debió de producirse entre las cinco y media y las seis menos cuarto. Decía Valle-Inclán en una carta al pintor Romero de Torres que nada es como es, sino como se recuerda, y el reloj de la plaza de Manzanares se detuvo para la posteridad a las cinco por obra de la poesía. Algún motivo debió de tener Lorca para poner esa hora, que a la fuerza hemos de dar por buena los que creemos que el Llanto es una de las obras cumbres de la poesía española en el siglo XX.
Ignacio Sánchez Mejías debió de ser una fuerza de la naturaleza a la que todo le venía estrecho, empezando por las plazas de toros. Poco a poco han ido desapareciendo los que lo conocieron y trataron, así que todo cuanto sabemos ya de él es de segunda mano, de lecturas o de una tradición oral a la que se le ha echado toda la fantasía que merecía tan legendario personaje. Debo decir que a mí me seduce desde la infancia, pues aún vibraba el eco de su trágica muerte cuando yo alcanzaba el uso de razón. Ni llegué a verlo torear ni, lo que es más imperdonable, he leído sus obras teatrales, pero recientemente ha caído en mis manos la novela La amargura del triunfo, rescatada y puesta en limpio por Andrés Amorós, que la precede con un amplio estudio. Esa novela no está nada mal y a mí me inspira el respeto de todo aquel que habla de lo que sabe y cuenta lo que conoce, y nadie le va a regatear a Ignacio Sánchez Mejías “la madurez insigne de su conocimiento”. Claro está que algunos capítulos están apenas desarrollados y que el asunto daba para el doble de páginas, pues al fin al cabo el material sobre el que Amorós ha trabajado es un borrador que el propio autor, al que no le faltaban buenos asesores en su entorno inmediato, podría haber pulido y ampliado. Lo que no estoy seguro es de que hubiera encontrado el momento de sosiego para hacerlo, pues Ignacio fue lo que se dice un “hombre de acción” que además quiso vivir varias vidas y vivirlas con prisa, como si supiera de antemano que disponía de poco tiempo.
Para empezar, era en él sumamente aguda la propensión viril a la poligamia, por decirlo finamente, y son mujeres las que, con el recato de otros tiempos en que se guardaban más las formas, nos han hecho el relato de sus conquistas extramatrimoniales. Estas no se redujeron a Encarnación López La Argentinita, sino, que sepamos, incluyeron a amigas o presuntas amigas de dos memorialistas: Mercedes Formica y Marcelle Auclair. Mercedes nos describe la difícil convivencia de Ignacio en Pino Montano con Lola Gómez Ortega, su legítima esposa, y sus borrascosas relaciones con la esposa de un respetable sevillano dueño de un colegio cuyo nombre no da y que tampoco voy a dar yo. También habla Mercedes de la verdadera identidad de la presunta amiga de Marcelle Auclair que no es otra que la propia Marcelle. No recuerdo ahora cuál de las dos refiere cómo se presenta Ignacio en París en casa de Marcela a la que intenta llevarse de vuelta a Madrid en las propias narices de su marido Jean Prevost. Marcelle Auclair, hispanista de nota, biógrafa de Santa Teresa, en cuyas manos depositó García Lorca el manuscrito de El público la última vez que se vieron, tiene un libro que no me canso de recomendar y que tradujo al castellano Aitana Alberti. Ese libro se titula Infancias y muerte de Federico García Lorca, que no sólo es un estudio penetrante de la vida del poeta a través de su obra teatral, sino que en él se da cuenta de las pesquisas que hizo la autora en Granada para esclarecer las circunstancias de la muerte de Federico, y hay que decir que no dejó piedra sin remover, de suerte que nada nuevo ha sido capaz de añadir toda la necrofilia posterior, incluidos los profanadores de tumbas de la memoria senil.
Cuando Alberti escribió sus deliciosas Chuflillas del Niño de la Palma, Ignacio comentaba que qué pena haber hecho unos versos tan buenos a un torero tan malo. La propia carrera taurina de Ignacio, interrumpida varias veces, y compartida con otras carreras, la literaria, la académica, la deportiva, la de mecenas, pues fue presidente del Betis Balompié y de la Cruz Roja sevillana, amén de anfitrión y padrino de la desde entonces llamada Generación del 27, fue un reflejo de sus infidelidades amorosas, pero fue en ella en la que alcanzó su mayor triunfo: el de la muerte en el ruedo y el de la deslumbrante elegía a que dio lugar. Nada de lo que se escribió que fue mucho estuvo a la altura del Llanto de Federico. También los pintores pusieron manos a la obra y entre ellos hay que destacar dos: José Caballero, con esas manos superpuestas que tratan de tapar la vista de la sangre derramada, y Pablo Picasso que, metido de hoz y coz en su Tauromaquia, bosquejó el gran cuadro que a la vuelta de tres años no tendría inconveniente en despachar como Guernica. El Guernica no representa ningún bombardeo, sino la muerte de un torero, con el toro encampanado, los caballos espantados, las plañideras gesticulantes, la bombilla de la enfermería y el estoque partido en primer plano.
Entre los amigos de Ignacio que yo haya alcanzado a conocer están, además de los citados Pepín Bello y Alfredo Corrochano, Pilar López, José María de Cossío y, por supuesto, Rafael Alberti. Mención especial merecen otros dos a los que me unió gran amistad: Romero Murube y Manuel Halcón. Quiere eso decir que tuvo amigos en todas las vidas que vivió o intentó vivir. La última vez que volvió a los toros fue en Cádiz en abril de 1934, el año de su muerte. Días antes hizo una visita al castillo de Santa Catalina donde estaba preso otro amigo suyo: el general Sanjurjo, que dos años antes, un 10 de agosto, había intentado sublevarse contra la joven República que él mismo había ayudado a traer.
Texto leído en la mesa redonda sobre Ignacio Sánchez Mejías celebrada en el Casino de la Exposición de Sevilla el 18 de diciembre de 2009 en el marco de la Exposición dedicada a este polifacético sevillano.

Thursday, December 17, 2009

Foxá, Malaparte y la “envidia mimética”

El lunes 14 en la Biblioteca Pública de Gijón, bajo los auspicios del Ateneo Jovellanos, y al alimón con mi viejo amigo Alonso Alvarez de Toledo y Merry del Val, Embajador de España, y el martes 15 en Madrid en el Instituto de Estudios Europeos del CEU en unión del autor, asimismo Embajador, intervine en la presentación del libro Agustín de Foxá. Una aproximación a su vida y su obra. Reproduzco a continuación lo leído en ambas ocasiones.

Foxá, Malaparte y la “envidia mimética”

Todo el que habla de Foxá, lo haya o no conocido, se cree en la obligación de contar sus anécdotas u ocurrencias, unas auténticas y otras apócrifas, de suerte que su personalidad humana y literaria viene a reducirse a un centón de chascarrillos. En su célebre, inverosímil y amena obra Kaputt, Curzio Malaparte transcribe largas conversaciones con Foxá en francés cuando ambos están de observadores y corresponsales en el frente finlandés, y en un momento fugaz, que al lector puede pillar distraído, el italiano hace un aparte y dice de Agustín: Troppo spiritoso per essere veramente intelligente. En alguno de sus grandes artículos, menciona Agustín de paso a Malaparte y anuncia que le debe una réplica por su Kaputt. Que yo sepa, esa réplica no llegó a darse, puede que por la confesada pereza del conde, así que es difícil saber en qué discrepaba Agustín de la semblanza que el otro trazara de él. De todos modos, Malaparte aporta su granito de arena a la fama de ingenioso de Foxá, a la vez que insinúa que el ingenio guarde proporción inversa con la inteligencia. De Foxá se dijo en su día que era un lujo de la diplomacia, pero no faltó quien creyera que se trataba de un lujo demasiado gravoso. Entre los embajadores a cuyas órdenes sirvió hubo división de opiniones; por dar nombres, hay dos muy significativos, los de José María de Areilza y Javier Conde. Hoy, en esta “hora de los enanos” de la memoria senil, resulta que la totalidad de los españoles somos antifranquistas de toda la vida con efecto retroactivo, incluso aquéllos que con “lealtad inquebrantable” sirvieron al Régimen desde puestos de la máxima responsabilidad, y con esa misma desenvoltura incluimos en la nómina a los que, como es el caso de Agustín de Foxá, dejaron este valle de lágrimas cuando el susodicho Régimen gozaba de una salud inmejorable. A más le uno le gustaría reducir al conde al papel de bufón o, dicho sea en italiano que resulta más fino, mosca cocchiera de la España en la que le tocó vivir.

El mérito del libro que ahora presentamos trasciende esa, digamos, visión caricaturesca de Foxá, entre otras cosas porque su autor lo confeccionó en unas fechas tan poco sospechosas como la segunda mitad del decenio de 1960, fechas en que nadie tenía aún necesidad de retocar la historia reciente. El entonces joven alumno de la Escuela Diplomática don Luis Sagrera tuvo a su disposición materiales de primera mano y no se vio obligado a fantasear sobre el personaje a partir de conjeturas gratuitas y chismes de dudosa procedencia. Sagrera tenía a su disposición los testimonios de la madre y los hermanos de Agustín, los expedientes del Ministerio y los artículos y entrevistas con que sus contemporáneos iluminaron su figura desde todos los ángulos. La entrevista, por ejemplo, que le hizo a Foxá Marino Gómez Santos, y que se encuadra en las grandes entrevistas que hizo este periodista en el diario Pueblo a los personajes más destacados de la vida literaria madrileña, debió de ser para el joven Sagrera una fuente caudalosa de datos y de observaciones pues, como él mismo dice, tal vez fuera Marino “una de las personas que más acertadamente ha captado la personalidad de Foxá”. A mí este libro me hace pensar en otro de corte parecido que es Infancias y muerte de Federico García Lorca, de Marcelle Auclair, puesto en español por Aitana Alberti, en el sentido de que la etopeya del poeta se completa con un estudio atento de su obra literaria. Sagrera se ocupa de todas y cada una de las obras de Agustín de Foxá en los diversos géneros que cultivó y llega incluso a hacernos un resumen de los más destacados de sus magistrales artículos de prensa. Del mismo modo y con la misma delicadeza con que la Auclair alude a los “dramones” que el pobre Federico llevaba por dentro, Sagrera alude a las desdichas de la vida privada de Agustín, que pueden explicar un hilo de amargura en su visión irónica de las cosas.

Todas las personas que yo he llegado a conocer que tuvieron amistad con uno u otro de estos escritores, o con los dos, me han transmitido de ambos una imagen risueña y bienhumorada. Bien a la vista está que a la hora de la verdad, fuera la de la creación o la del amor y la muerte, cada cual llevó su cruz por su calle de la Amargura, y eso se ve en la respectiva obra dramática. Sin embargo, el tono general de su vida pública o social y de su literatura escrita u oral, nunca deja de ser simpático y alegre. Su lectura no deprime, sino que anima y exalta. Hay escritores que ganan con la ausencia y la distancia. No es éste el caso de estos dos, en cuya compañía se debió de estar tan a gusto como se está entre sus libros. Y es que mi impresión es que, puestos a ver el lado cómico de las cosas y las personas, lo primero que veían y de lo que se reían era de sí mismos, hasta el punto de que no sé en qué medida se tomaban en serio como escritores, a diferencia de otros que se toman tan en serio su profesión que contraen la seriedad del burro. El peligro de escritores que tengan esta actitud ante el hecho literario es que cobren fama de frívolos e irresponsables, que no otra cosa cabría pensar del Foxá de las ingeniosidades de cock-tail o sobremesa.

En este otoño del cincuentenario de la muerte de Foxá, un par de periodistas han exhumado en ABC un episodio de la vida del conde en el que la frivolidad y la irresponsabilidad brillan por su ausencia. El episodio sucedió en Finlandia y fue Malaparte el primero en divulgarlo, y se refiere a los esfuerzos del Foxá falangista por evitar el fusilamiento de unos comunistas españoles enrolados en el Ejército soviético que habían caído prisioneros de los finlandeses. De ese episodio estaba yo al corriente por el presente libro, en el que está relatado con todo pormenor. Cuando alguien me comentó el artículo Foxá y los 18 comunistas, yo pensé que a su autor, Ignacio Ruiz Quintano, le había faltado tiempo para reseñar el libro de don Luis Sagrera, si no era que había logrado hacerse subrepticiamente con las pruebas de imprenta. Quien levantó la liebre fue el también periodista Alfredo Valenzuela desde Sevilla, que poseía un ejemplar del Diario de un extranjero en París, donde Malaparte refiere el lance. Malaparte, que también presumía de spiritoso, de ingenioso, sentía por Foxá una especie de admiración doblada de envidia. Ya vimos la frasecita que deja caer en Kaputt para dar a entender que, si no en ingenio, él le gana al conde en inteligencia. La “envidia mimética” entre Curzio y Agustín la explicaría hoy muy bien René Girard, pero nada la plasma como la conocida réplica que le dio Agustín a su amigo cuando éste, desde su egolatría condescendiente, le confesó: “Si yo no fuera Malaparte, me gustaría ser Foxá”. Y Agustín replicó: “Y si yo no fuera Foxá, me gustaría ser Bonaparte.”

Por mucho que yo haya tratado de evitar ese lugar común que son las anécdotas de Foxá, no he podido impedir que ésta se me escapara. Y es que el buen humor de Foxá se impone hasta en los momentos más trágicos y, quiera que no, es tan lapidario que casi siempre tiene la última palabra. Claro está que un personaje que tiene tan alta opinión de sí mismo como Malaparte y que ha pasado y repasado la escala cromática del espectro ideológico, suele ser harto vulnerable ante quienes lo superan en ingenio. Otra vez fue su adversario nada menos que Louis-Ferdinand Céline el que, parodiando el conocido verso de Victor Hugo en Les châtiments que dice Déjà Napoléon perçait sous Bonaparte, le asestó el siguiente botonazo: Déjà Caméléon perçait sous Malaparte…

Es de suponer que, en este caso, la última palabra de Kurt Suckert sería Touché! al tiempo que saludaba con el florete y se quitaba la máscara que en ese momento llevara puesta.


Saturday, December 12, 2009

Imagen equívoca


El próximo homenaje a Leopoldo Panero se anuncia con una imagen que puede inducir a confusión, ya que en ella no figura el poeta homenajeado, sino tres amigos suyos, dos de los cuales lo serían hasta su muerte y el otro - a quien Juan Ramón Jiménez graduara de "gran poeta malo"- hasta la carta abierta en verso que, con mucho "franqueo" - Otero dixit - y prólogo de Ridruejo, le dirigiera Leopoldo. Al dúo Panero - Ridruejo el ingenioso Blas de Otero lo llamaba "Pandruejo" y al otro, que flanquea al buda Neruda, "Rosanco y Vivales". De ellos, el que se ríe es Rosales y el que sonríe Vivanco. A Panero y a Rosales y a Ridruejo los traté mucho, a Vivanco algo menos; a los cuatro los recuerdo con gran cariño e infinita gratitud.

Friday, December 11, 2009

Las cosas por su nombre


A ver si políticos y periodistas se alfabetizan de una vez y llaman a las cosas por su nombre y en vez de hablar a tontas y a locas de "bandera preconstitucional", dicen "bandera protoconstitucional", o, si el prefijo no les gusta, "bandera prepsoe".

Thursday, December 10, 2009

Wednesday, December 09, 2009

En el centenario de L. P.




(Aire de Roma andaluza, Calle del aire, Sevilla 1978)

Tuesday, December 08, 2009

El Puerto inagotable


DON JUAN BOTTARO

Fue un pintoresco personaje que apareció, ya treintón, por los años veinte de este siglo, en nuestra Ciudad. Llegó acompañado de su señora madre, de la que era hijo unigénito, nacido en Puerto Real y se decía que habido con un canónigo de la Catedral de Cádiz. Y es que, de toda la vida de Dios, a Puerto Real se le llamó "reffugium peccatorum".

Las primeras noticias que tengo de él están en el libro "Recuerdos gaditanos" (Cádiz, 1897) del Canónigo Don José María León Domínguez: con motivo de las fiestas de la Beatificación de Fray Diego José, en abril de 1895, se organizó en el Seminario una Velada poética en la que recitó una poesía "con sin igual gracejo, cautivando a los oyentes, el niño Juan José Bottaro y Palmer".

Su vida posterior transcurre entre Córdoba y Roma, ciudades donde estudia humanidades, ciencias exactas, dibujo, pintura, escultura y toda una serie de artes y oficios artísticos que lo hacen un imprescindible consultor y maestro. Su educación era exquisita, pero, a veces, era maniático e incluso mordaz.

Ya en El Puerto, en 1922, comienza a dar clases de dibujo y pintura en el Colegio de San Luis Gonzaga,el colegio grande de los Jesuitas. Imparte clases de pintura y escultura en la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia y aun da clases particulares de estas disciplinas. Sus alumnos predilectos llegan a formar el llamado "grupo de El Puerto": Juan Ávila Gutiérrez, el mejor, y, luego, Luis Suárez Rodríguez, Luis Rousselet, Manolo Rioja, Isabelita Perdigones... Mención aparte merecen sus discípulos Manolo Prieto, cartelista y medallista, Carlos García Gil, caricaturista, y el más pequeño de todos, en edad, Juan Lara Izquierdo, pintor, que se dedicaron profesionalmente --y con notable éxito-- al arte.

En el 28, Don Juan desapareció, de pronto, para irse, novicio cartujo, al Monasterio de Aula Dei, en Zaragoza, donde, por cierto, perseveró poco. De nuevo en El Puerto, la familia Terry lo acoge como preceptor y profesor de equitación, y, en las Bodegas de su propiedad, realiza obras de escultura, arquitectura, forja, pintura, mobiliario, tapices, etc. Fue, además, un magnífico fotógrafo y cámara de cine aficionado.

En los años 60 se marcha, como laico acogido, a la Cartuja de Jerez, donde intervino, certera y cuidadosamente, en la restauración del monumento. En la Cartuja lo traté, en 1961, cuando yo estudiaba Preuniversitario en Jerez, y allí me enseñó a modelar en barro y en cera, a sacar de punto, a hacer escultura en madera y a repujar en metales. Allí murió, en 1968, y allí está enterrado. A sus exequias, con el rito cartujo, asistieron Javier Terry, José Ignacio Merello, Juan Lara y mi padre.

Don Juan sabía, sorprendentemente, de todo. Era enciclopédico, un hombre transportado de otra época, posiblemente del Renacimiento. Fue una caja de sorpresas. Así lo caricaturizó mi tío Juan Ávila, saliendo su cabeza, despedida por un muelle, de una caja abierta. Y yo conservo su recuerdo, sus enseñanzas y su caricatura.

Luis Suárez Ávila


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Monday, December 07, 2009

En el centenario de Leopoldo Panero


El próximo día 14 de los corrientes tenía que participar en el homenaje a Leopoldo Panero anunciado ut infra, pero ese día estaré en Gijón para homenajear a Agustín de Foxá en el Ateneo Jovellanos. A continuación va el texto que pensaba leer y que en todo caso figura en un libro colectivo confeccionado por don Juan Manuel Sandín Pérez, de inminente aparición.


Recuerdo de Leopoldo
En el par de años que, con breves intermitencias, viví en Madrid, tuve el privilegio de frecuentar la compañía, la amistad y el magisterio de Leopoldo Panero, Luis Rosales y José María Souviron. Rara era la tarde en que no me reunía con ellos en el bar del Instituto de Cultura Hispánica y luego no seguíamos la charla y las libaciones en tascas de Argüelles o ventas del Puente de los Franceses. Fue Fernando Quiñones quien me introdujo en este círculo, y unas veces él o cualquiera de su “discipulado” como él decía, participaba en la tertulia. Leopoldo era además, con Carlitos Bousoño y Carlos Rodríguez Spiteri, uno de los únicos poetas motorizados en aquel Madrid de finales de los 50 y comienzos de los 60. Souviron era de todos el más solvente, exento como estaba y bien a su pesar de cargas familiares. Recuerdo en especial un almuerzo en el Castellana Hilton al que me llevó Fernando y en el que estaban el anfitrión, el jerezano Vicente Fernández Bobadilla, director general de Selecciones del Reader’s Digest, Primitivo de la Quintana, que contó episodios tragicómicos de la guerra, el pintor José Romero Escassi que no sé por qué afirmó que César Pemán, el erudito hermano del poeta, era una iguana, Carlos Dampierre, Luis, José María, Leopoldo más – inferiores en edad, saber y gobierno – Fernando y yo. Allí empezó a cocinarse el premio de cuentos Washington Irving, de la Casa Americana, en la que Luis era jurado y que me concedieron al cabo de unos meses. Leopoldo habló de Mallarmé y de la relación entre la poesía y las matemáticas y dijo que a los veinte años puede uno enamorarse de la fantasía pero que a los cuarenta hay que acostarse con la verdad.
Mi asentamiento en Ginebra coincidió más o menos con la incorporación de Luis, Leopoldo y José María a Selecciones del Reader´s Digest y desde su nuevo puesto Leopoldo procuró echarme una mano encargándome alguna que otra traducción. En Ginebra estaba yo, y a las órdenes precisamente de un exiliado que era algo pariente de Felicidad Blanc, cuando me llegó la noticia del fallecimiento repentino de Leopoldo. Creo que le escribí a Luis Rosales y le mandé una breve necrología a José Luis Cano para Insula, donde mis frecuentes colaboraciones eran seguidas por Leopoldo. Leopoldo estaba de vuelta de muchas cosas y rebosaba generosidad e indulgencia. No le oí nunca hablar mal de nadie. Ya que hablé de Cano, soy testigo de la defensa que hacía de él ante las opiniones despectivas de Rosales, que a Cano no lo camelaba. Cuando faltó, Rosales y Souviron se distanciaron y yo entendí que era Leopoldo el nudo que los unía.
Son incontables las personas a las que ayudó y que a su muerte se volvieron contra él. Mucho tiempo después coincidiría yo en un par de jurados literarios con un poeta que cosechó sustanciosos laureles tanto en el régimen anterior como en el actual y que, en las comidas respectivas, se puso a meterse de modo muy desagradable con Carlos Robles Piquer y con José Angel Valente en una y con Leopoldo Panero en otra. No sé si hice bien en no acudir al trapo, porque soy algo lento de reflejos y tardé en darme cuenta de que aquel borracho grosero estaba tratando de provocarme. Ya estaba de moda la triste imagen de Panero que una película detestable había puesto en circulación. Debo decir que no fue ése el Panero que yo conocí.

Sunday, December 06, 2009

NOTA DE PRENSA

CONJUNTA DE LAS ASOCIACIONES CULTURALES FERNANDO III Y ADEMÁN CON MOTIVO DEL

ACTO HOMENAJE LITERARIO AL POETA LEOPOLDO PANERO

LUNES 14 DE DICIEMBRE DE 2009

Centro Cívico El Tejar del Mellizo, C/ Santa Fe. A las ocho de la tarde.

Glosará la figura literaria de Leopoldo Panero el escritor y columnista de ABC, Fernando Iwasaki.

Las Asociaciones Culturales Fernando III y ADEMÁN se felicitan por el restablecimiento de la normalidad democrática en el acceso a los Centros Cívicos del Ayuntamiento de Sevilla, recuperando así un uso normalizado de los mismos que, sin embargo, se nos negó en el pasado homenaje literario al escritor Agustín de Foxá que hubo de celebrarse, finalmente, al aire libre. Ambas asociaciones agradecemos a los medios de comunicación locales la independencia y la profesionalidad demostrada en la cobertura de dicho acto.

El próximo lunes 14 de diciembre, ambas asociaciones convocan

EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

ACTO HOMENAJE LITERARIO AL POETA LEOPOLDO PANERO

Correo-e de contacto: jcompas@wanadoo.es

Teléfono de contacto: 691 561 541

Apostilla a Machado

Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

La España, ¡ay!, de la píldora,
del aborto y del condón.

Friday, December 04, 2009

Los hermanos Machado y la sombra de Caín


(Fragmento de la conferencia leída en Pilas (Sevilla) el 23 de noviembre de 2009)

Uno de los mitos más funestos de nuestro tiempo sea acaso el de las dos Españas, cuya partida de nacimiento cabe fechar en Cádiz en 1812. Ese mito trató de superarse dialécticamente en torno a la guerra civil con otro tan bien intencionado como fantasmagórico, el de la tercera España, y muchos años después con el de la España plural, que no sería otra cosa que una babélica confusión de lenguas, por no decir cosas peores. Yo me he pasado una buena parte de mi vida buscando la media España que me faltaba, ya que a mi juicio, una vez concluida felizmente la guerra, su ausencia no tenía razón de ser. Y fue la poesía la que me mostró el camino en el que mis primeros mentores fueron los hermanos Manuel y Antonio Machado, suma expresión en su momento del mito de las dos Españas, o de la España sobre la que se proyectaba, por decirlo con palabras de uno de ellos, “la sombra de Caín„. Esa sombra, que por fin creíamos haber ahuyentado definitivamente, volvería con fuerzas renovadas hasta llegar al momento actual en que Caín sería el bueno de la película como, entre otros, nos viene a demostrar el aguerrido Saramago. Esta devoción cainita, cifrada entonces en la palabra „ruptura“, empezaba a abrirse camino en las postrimerías del „régimen anterior“ y uno de sus apóstoles más fervientes fue el ya desaparecido Francisco Umbral, que en la revista Destino dedicó a Manuel Machado una crónica, corrosiva como suya, titulada El Machado de derechas. Era inminente por aquellas fechas el centenario de Antonio Machado, y yo escribí sobre él en otra revista catalana, Camp de l’Arpa, una crónica simétrica titulada El Machado de izquierdas. Decía yo entonces, entre 1974 y 1975, años de los respectivos centenarios:

No hay que ser zahorí para pronosticar que el centenario del Machado de izquierdas va a ser más celebrado en España de lo que hace año y pico lo fue el del Machado de derechas. Aparte de obvias razones de oportunidad y coyuntura, no es fácil que la derecha incurra hoy frente a Antonio en el mal gusto en que ayer incurrió la izquierda frente a Manuel. La unanimidad del homenaje queda ahora asegurada, y es bueno que sea así, pues no vamos a tener los españoles todos mejor ocasión de sentirnos hermanados, cosa que buena falta nos hace. Mucho me temo, sin embargo, que para algunos Antonio Machado tenga menos importancia como poeta vivo que como símbolo amortajado. La necrofilia intelectual, que tan bien ha documentado Mario Praz, puesta al día por el sadoleninismo contemporáneo, va a poner al Machado que nos divide por delante del Machado que nos une. Ya en 1969, el inefable diario Le Monde conmemoró el trigésimo aniversario de la muerte del poeta con una página necrológica a cargo de tres o cuatro escritores hispánicos más o menos neosurrealistas. Encargar a un surrealista que escriba sobre Machado es como encargar a un ateo la proclamación de un dogma. Los surrealistas del vejamen parisién tomaron con pinzas la poesía de Machado y salieron del trance como mejor pudieron, que no fue muy bien, y el menos cauto y más bisoño de todos resumió el criterio general diciendo sin rodeos que lo que importaba en Machado no era su anticuada poesía sino su ejemplar conducta cívica. Esa monserga la vamos a oír hasta la saciedad durante los festejos del centenario, y el resultado va a ser que el poeta va a ser festejado más como símbolo tribal que como gloria nacional. Buena manera de partirlo por la mitad; algo así como si los cojos se apropiaran de un homenaje a Byron o los jorobados de un homenaje a Leopardi.

Antonio Machado fue fiel hasta la muerte a una causa que él creía justa, y esa fidelidad merece un respeto aun cuando la manifestara prestando su pluma a una propaganda fratricida. Lo que es inadmisible es poner la propaganda por encima de la poesía. La poesía busca la verdad total; la propaganda nunca pasa de las medias verdades, cuando no las sustituye incluso por la mentira y el lugar común, y si en el Machado de la guerra no es lícito separar al propagandista del poeta, tampoco es lícito sacrificar a éste a expensas de aquél. No es menos poeta Antonio Machado porque rebajara su pluma a la pistola de Líster, pero tampoco lo es más. En todo caso lo será para cierta tribu y basta. Por ese camino hay otro Machado más puro y más válido, que es el Machado arrastrado por los unos y perseguido por los otros, ligero de equipaje, en el último viaje de su vida.

Entre los poetas míos siempre ha tenido Machado un altar, y lo que siento es que siempre que he tratado de demostrarlo explícitamente he topado a derecha e izquierda con quien ha tratado de impedírmelo. En mi libro De palabra en palabra, publicado en 1968 por Cultura Hispánica, no fue posible incluir un poema titulado El último viaje de Antonio Machado por razones que aún ignoro y con pretextos fútiles. Con pretextos igualmente fútiles se me amputó años más tarde, cuando ya el viento de levante empezaba a predominar sobre el de poniente y la censura oficiosa sobre la oficial, un pasaje de un artículo en el que insinuaba algo de lo que ahora he dicho más arriba. Por último, en mi réplica a un ataque personal de que fui objeto con motivo de mi novela El mono azul, otra revista española me recusó a Machado como testigo de descargo, cortándome por las buenas y también sin consulta previa una cita del Juan de Mairena en la que se dicen cosas como éstas: Nosotros no pretenderíamos nunca educar a las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigimos al hombre, que es lo único que nos interesa... En nuestros días hay que decirlo todo. Porque aquellos mismos que defienden a las aglomeraciones humanas frente a sus más abominables explotadores, han recogido el concepto de masa para convertirlo en categoría social, ética y aun estética. Y esto es francamente absurdo...

Por supuesto que otros son muy dueños de oponer a este Machado el Machado del „viva Rusia“, de la pistola de Líster y de la dictadura de la alpargata; lo que no veo es por qué nadie se arroga el derecho de impedirme a mí citar al Machado que congenia conmigo y que en definitiva me conviene. Antonio Machado es demasiado ancho y vario para que nadie se lo apropie en exclusiva y menos que nadie aquellos que le perdonan su poesía en gracia a su militancia. Machado es todo, lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Si a veces resulta incómodo para los unos o para los otros, peor para el que sea. Un poeta no es un mausoleo, sino su obra; en aquél no hay más que sus restos mortales; en ésta su alma inmortal.

Thursday, December 03, 2009

Lección y ejemplo

Escribe José Emilio Pacheco, último Premio Cervantes


Al doctor Harold Bloom lamento decirle
que repudio lo que él llamó 'la ansiedad de las influencias'.
Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines.
Por el contrario,
no podría escribir ni sabría qué hacer
en el caso imposible de que no existieran.



Tuesday, December 01, 2009

Ite, Missa est

Ite, Missa est

Los católicos cultos ya tienen un motivo más para serlo con las misas en la Capilla del Pópulo en latín. Porque, la verdad, el latín ya lo saben pocos curas --muy pocos--, y casi nadie más. Antes las beatas sabían latín por aproximación y decían una sarta de disparates morrocotudos. No había más que esperar al final del “Salve, Regina...” para comprobarlo. En lugar de “O dulcis, Virgo María”, decían “Oh, dulcísima María”, por ejemplo. Se ha hecho un clásico citable lo de la señora que entonaba el “Tantum ergo...” así: “Santo negro, sacramento, veneremos a Luis, los antiguos documentos no se deben destruir...”, en lugar de “Tantum ergo, Sacramentum, veneremur cernui, et antiquum documentum novo cedat ritui...”. Sin latín nos hubiéramos quedado sin la malagueña de Enrique El Mellizo, que fue monaguillo en San Lorenzo. Amós Rodríguez Rey mantenía que El Mellizo se inspiró en el prefacio gregoriano. Eso decía Amós, haciendo con la voz un remedo de guitarra, y lo demostraba: “Veere diiignum et iuuustum est, (tarán tarán, taratatrán), aequuuuum et salutareee, (tarán tarán, tarartatrán)...” La Iglesia es católica, esto es universal, y tiene su lengua, que es el latín, para entendernos todos. El latín, es, a lo que parece, como dijo aquel, la lengua que mejor entienden Dios, la Virgen y los Santos. Por eso es saludable rezar en latín. Me viene a la memoria aquel humilde sacerdote, de misa y olla, que cita Gonzalo de Berceo, que servía de mofa porque solamente sabía decir la misa de “Salve, Sancta Parens...” a quien la Virgen favoreció por ello. Esta iniciativa de la Asociación “Una Voce Cádiz” es particularmente interesante para quienes estudiamos el bachillerato del Plan 1953 que tradujimos a Cicerón, a Tito Livio, a César, a Virgilio... y nos edificamos con el rito romano de la misa de San Pío V, puesto al día por Juan XXIII. A la misa de Don José Carlos Muñoz no le ha faltado ni perejil. Ha salido de la sacristía revestido con los ornamentos morados, con el cáliz, su velo y la bolsa de los corporales en las manos y tocado con el bonete, a toque de campanilla. El resto, el ritual romano autorizado por Benedicto XVI. Perfecto. A los actos litúrgicos hay que dotarlos de misterio: “Misterium fidei”. La “rúbrica” de la Misa, que es como el guión de los gestos, los silencios, los cantados, los hablados y los espacios de la liturgia, elevan, edifican, le dan tono de celestial celebración. “El Chozas”, anciano cantaor, para ponderar algo bellísimo, decía: “Mira, es más hermoso que una Misa en el Cielo”. Pues eso me ha parecido la Misa en la Capilla del Pópulo. “Deo gratias”.

Luis Suárez Ávila

Mártir inglés

Hoy 1 de diciembre, la Iglesia conmemora a San Edmundo Campion, mártir

Sunday, November 29, 2009

Las verdades del porquero


"La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero" (Juan de Mairena)

Véase Libertaddigital

Saturday, November 28, 2009

Hijo predilecto de Jerez de la Frontera



(Feria de Jerez. Mayo de 1985)


                                                          Mauricio
Entre los muchos motivos que tengo para dar gracias a Dios todos los días están las amistades acumuladas a lo largo de los años. Algunas de ellas son como el Guadiana, que afloran cuando menos se lo espera uno después de muchos años de perdidas de vista. El mundo es ancho y ajeno, como decía Ciro Alegría, pero no hay nada tan chico como el gran mundo, como digo yo. Por gran mundo se entiende comúnmente la alta sociedad, donde todos se conocen, si es que no todos están emparentados, pero el gran mundo que yo entiendo y al que tengo a veces acceso es, perdóneseme el tópico, el de la “aristocracia del espíritu”, ese mundo que Fernando Villalón limitaba a las provincias de Sevilla y Cádiz. De estas provincias, una de ellas tiene fuertes vínculos con Inglaterra, ese país que tanto amamos a pesar de sus perfidias, y no me dejarán mentir topónimos como Gibraltar o Trafalgar, que tan malos recuerdos nos traen como Essex o el Drake, el coco de las madres gaditanas como “Bonnie”, o sea Napoleón, lo sería de las inglesas. Sin embargo, un país que nos ha dado a Shakespeare, por no citar más que un nombre, y que ha llegado a ser el principal destinatario de los vinos jerezanos, algo bueno tiene que tener, y ese algo es mucho para algunos entre los que tengo la osadía de contarme. Quiero decir que el que más y el que menos tiene contraída una deuda importante con Inglaterra, una deuda que tiene muchas partidas, y una de ellas es la de haberse prestado a ser la cuna de un jerezano como Mauricio González-Gordon. Mauricio nació en Hampton Hill en octubre de 1923, cuando no hacía ni un mes que otro jerezano insigne, don Miguel Primo de Rivera desbaratara como Don Quijote el retablo de Maese Pedro de la monarquía parlamentaria. No sé si el parto fue literalmente, como aseguraba el Tío Manolo, a la sombra de una de las cepas plantadas en Hampton Court en tiempos del rey Barba Azul, pero lo cierto es que en el bautizo, que fue inmediato, el padrino, el conde de los Andes, envolvió a la criatura en mantillas en un ejemplar del periódico jerezano El Guadalete y que a los padres les faltó tiempo en traérselo a la entonces capital de España, o sea a Jerez, para inscribirlo aquí en el registro civil.
Por la fecha en que nació, Mauricio se libró de recibir el bautismo de fuego con el que se hicieron hombres muchos españoles de su época. Con las guerras de Marruecos había acabado de una vez por todas don Miguel, y la guerra civil concluyó cuando él solo tenía dieciséis años, dos menos de los requeridos para ir al frente en la zona nacional. Pero los hombres no sólo se forjan en el fuego de la trinchera, sino en el del taller o de la fábrica, y así lo entendía el Tío Manolo cuando en la formación de su hijo repitió el método que a él tan buen resultado le diera, cuando se vio obligado a trabajar en un astillero en Escocia y en el trazado de la línea férrea de Arica a Puerto Montt, en Chile. Así fue cómo, aprovechando la afición del niño a fabricar aeroplanos de juguete, lo colocó en un taller a las afueras de Jerez donde se montaban y construían los cazas Polikarpov, sobre el modelo de los capturados al enemigo: los célebres Ratas, que los rojos llamaban Chatos. Mauricio llegaría al cabo de unos meses de jornada laboral de más de diez horas y jornal de dieciocho reales (4,50), a ajustador-montador. Es emocionante cómo Mauricio nos cuenta las proezas de Aresti, el piloto de pruebas que tenían en La Parra y que sin dudarlo un momento se ponía a los mandos del aparato cuyas últimas tuercas acababan de atornillar los mecánicos y sus ayudantes. Una de ellas era la de lanzarse en picado cuando se le paraba el motor para que éste volviera a arrancar y todos temían que se estrellase contra sus cabezas.
Precisamente en Cambridge conocí a un muchacho, a quien su padre, de origen siciliano, cónsul de Italia en San Sebastián y metido en la industria conservera, había mandado a que aprendiera inglés y estudiara el funcionamiento de esa industria en el Reino Unido. Recuerdo que me comentó que había ido o iba a ir a coger fresas a una plantación de la casa Chivers, y yo le dije que me parecía muy bien, porque así vería la empresa familiar desde el punto de vista del trabajador y del empleado que con el tiempo tendría a sus órdenes. Ni él ni yo hemos olvidado esa conversación y hace pocos días la evocábamos en la Bella Easo. Es curioso que este viejo amigo, Alfonso Orlando, comparta con Mauricio González una importante afición: la navegación a vela.
Yo no sé si ese interés infantil y ese contacto juvenil con la aeronáutica fue lo que inició a Mauricio en otra de sus grandes aficiones: la Ornitología. El pasado septiembre, una cuñada mía en Pennsylvania me mostraba un libro que estaba leyendo, que creo se titulaba algo así como Birdwatcher y venía a ser las Memorias del ornitólogo Roger Tory Peterson, y fui a sus páginas con la absoluta seguridad de encontrarme en ellas a Mauricio, traductor y adaptador de la Guía de campo de Aves europeas que Peterson confeccionó en unión de Mountford y Hollom. Fue en esta veste como yo lo conocí y además en el habitat más propio, el del Lomo del Grullo. Mauricio figura en primera fila entre las personas que hicieron el milagro de que un ignorante advenedizo como yo saliera adelante con El mito de Doñana. Hace poco tuve que salir al paso de una información tendenciosa sobre la creación del Parque Natural de Doñana, que consistía en decir más o menos que el Parque se hizo a pesar de Franco. Eso es como decir que don Juan Carlos es rey a pesar de Franco. No falta documentación, gráfica incluso, que demuestre el interés que el Caudillo se tomó por el Coto gracias al escrito redactado por don Francisco Bernis que le elevaron los González. Ya Mauricio había formado con éste y con el inefable Tono Valverde la Sociedad Española de Ornitología, y no es preciso ponderar el apoyo recibido del P. José María Albareda desde la presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
El otro marco en el que es inevitable encuadrar a Mauricio es en el de la Bodega, donde la cata y selección de caldos fue para Mauricio el “trabajo gustoso” de que hablaba Juan Ramón Jiménez y del que tanto saben los “aristócratas del espíritu”. Ese trabajo fue además doblemente gustoso, pues Mauricio no se limitó a seguir practicando los ritos de una tradición, sino que la curiosidad intelectual y científica de su padre, patente por lo pronto en el libro Jerez Xerès Sherry, lo arrastró en la aventura de la investigación enológica con ayuda de un analista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Justo Casas, que a regañadientes le hubo de ceder quien entonces dirigía en el Consejo ese tipo de investigaciones, otro jerezano ilustre que se llamó don Manuel Lora Tamayo. No es posible que no haya sido un placer trabajar en esa Bodega donde tan bien lo pasa todo el que pasa por ella. Decía Napoleón que la plaza de San Marcos de Venecia era el salón de recepciones de Europa. La Bodega de González Byass, sobre la que todo está dicho en el reciente libro de su sobrina Begoña, es una de las mejores salas de recepciones del mundo civilizado, es decir, del mundo que bebe vino de Jerez.


Wednesday, November 25, 2009

Actos públicos pendientes

  • El próximo viernes Negrita27 de noviembre intervengo en Jerez en la ceremonia del nombramiento de don Mauricio González-Gordon y Díez, marqués de Bonanza, hijo predilecto de la ciudad. El acto se celebrará en la Bodega de González-Byass a las 19:30 horas.
  • El 11 de diciembre a las 18:30 horas, en la presentación del libro Misión en Bucarest, de Agustín de Foxá, Editorial Paréntesis, en la Feria del Libro de Tomares.
  • El 14, presentación de Agustín de Foxá. Una aproximación a su vida y su obra, en el Ateneo Jovellanos, de Gijón.
  • El 15, a las 19:30, en el Instituto de Estudios Europeos, CEU, Cuesta de San Francisco, 2, Madrid, presentación de Agustín de Foxá. Una aproximación a su vida y su obra, de don Luis Sagrera, Embajador de España, Editorial Dos Soles.

Sunday, November 22, 2009

Foxá y Malaparte


Sábado , 21-11-09
EN ese parque temático del progreso ibérico que es Sevilla brilla la estrella de Pepa la concejala, venida de Córdoba, donde tenía prohibido «el florecimiento de los jazmines», para prohibir la lectura de Foxá, cosa que al caballero Bonald, el jerezano sin gracia, que tiene una Fundación, no le parece del todo mal.
-Foxá es un escritor que escribe bien, nada más. Otra cosa es que merezca un homenaje.
Esta opinión no convierte al caballero Bonald en un malvado Manolito Benavides del progreso contemporáneo, pero nos invita a preguntarnos qué es lo que, a sus ojos, debe hacer un escritor -escribir bien ya sabemos que no le vale- para merecer una atención, no de los comunistas, que nadie se la pide, sino de sus lectores, que para la Agencia Tributaria también son contribuyentes.
Mi amigo Alfredo Valenzuela, periodista con la misma pasión por los libros descomulgados que arruinara a Alonso Quijano, cree haber encontrado una respuesta en el «Diario de un extranjero en París» (páginas 91-103 de la edición española), de Curzio Malaparte.
-Si yo no fuera Malaparte, querría ser Foxá.
-Si yo no fuera Foxá, querría ser Bonaparte.
Febrero del 42. Malaparte está en el frente de Leningrado como séquito del general Edqvist, al mando de una división finlandesa, que un día apresa a dieciocho combatientes rusos que declaran ser españoles. Malaparte recurre a Foxá, representante de España en Finlandia, que empieza una odisea de idas y venidas en trineo y a cerca de cincuenta grados bajo cero, entre Helsinki y el frente, para salvar la vida a unos españoles que se negaban a ser salvados y que para los finlandeses sólo eran combatientes rojos condenados a muerte por las leyes de la guerra.
-Foxá es uno de los hombres más graciosos que yo haya conocido en mi vida -arranca Malaparte su relato-. Cuando son graciosos, los españoles son los hombres más graciosos del mundo.
Los prisioneros españoles resultan ser huérfanos de la guerra civil española enviados a Rusia y convertidos en soldados soviéticos.
-Pero somos españoles.
Españoles que ante la admiración de Foxá, que llora emocionado, se niegan a ser salvados por el representante de la España de Franco.
-Bien, nos fusilarán (los finlandeses). ¿Y después?
-¡Después os enterraré según el rito católico! -grita Foxá con rabia y con lágrimas en los ojos.
En el entretanto, uno de ellos muere de pulmonía, y en su entierro, en pleno infierno finlandés -donde las llamas son sustituidas por carámbanos, pues aquéllas darían sensación de Paraíso-, se produce la escena del supremo tremendismo español:
-El general Edqvist, yo, y los soldados finlandeses saludamos llevándonos la mano a la visera. Foxá con el brazo extendido. Y los compañeros del muerto levantando el brazo, con el puño cerrado...
Pero vayan a explicarle esto a un caballero con Fundación.